He creado un mundo ficcional en un papel y me convenzo de que fue un error. Cree imágenes, descripciones. Espacios habitados por pelos, narices, ojos, orejas, lenguas, manos, piernas, sexos… Cree luz y oscuridad. Les di a esos cuerpos alimentos. A los espectros les di expresiones. Les di lenguaje a sus mentes para poder expresarse. Les hice mentir amar reír llorar matar… ar er ir.
Error fue crearlos porque ahora me es imposible destruirlos. Los amo porque los cree como mis hijos pero los odio porque no dejo de pensar que no era necesaria su existencia. Tantos mundos fueron creados anteriormente que superan al mío. Lo hacen ver miserable, triste, vago… innecesario. Mi mundo es un pariente lejano, pobre de aquellos mundos ricos, geniales, queridos. El mío se desmorona como un castillo de arena con las pequeñas olas de mar en la orilla de una playa. Se deshace como la hoja seca que cae en otoño. Se pierde como la moneda inservible en el fondo del bolsillo de una chaqueta.
Soy su Dios imperfecto, penoso, un Dios arrepentido. Que encuentra la paz creando mundos imperfectos destrozados en papeles. Un Dios sentido, que crea… que crea remolinos de contradicciones.
Un Dios lamentándose de escribir, escribiendo escritos
Coco, 2010
miércoles, 19 de mayo de 2010
Contradictoriamente lenguaje
Conocer me hace daño
No saber me da miedo
Más débil
Menos fuerte
Acaloradamente frío
Recorro quietamente estático
Ataco y destruyo pacíficamente
Contradictoriamente lenguaje…
Coco, 2010
No saber me da miedo
Más débil
Menos fuerte
Acaloradamente frío
Recorro quietamente estático
Ataco y destruyo pacíficamente
Contradictoriamente lenguaje…
Coco, 2010
Claroscuro
Fondo neutro
iluminación arbitraria en primer plano
se muestra una vida en el brillo
ocultos están los sueños
mentiras opacas
los deseos oscuros
el cuerpo albo nítido
las palabras níveas iluminan
las lóbregas escondidas
se refugian en el atrás
atormentando a las claras
grises en el discurso
coloquial oral moral
personal disfuncional el mal
contradecir el contraste
dos polos intercalados
una esfera que rota
cara visible
esconde lo aborrecible
caretas que cuidan las espaldas
yo/otro
tú/él
nosotros/ellos
luces y sombras
Coco, 2010
iluminación arbitraria en primer plano
se muestra una vida en el brillo
ocultos están los sueños
mentiras opacas
los deseos oscuros
el cuerpo albo nítido
las palabras níveas iluminan
las lóbregas escondidas
se refugian en el atrás
atormentando a las claras
grises en el discurso
coloquial oral moral
personal disfuncional el mal
contradecir el contraste
dos polos intercalados
una esfera que rota
cara visible
esconde lo aborrecible
caretas que cuidan las espaldas
yo/otro
tú/él
nosotros/ellos
luces y sombras
Coco, 2010
martes, 11 de mayo de 2010
Arte vivo...
Un video músical bastante bueno... pinturas en carne y hueso, disfrute:
Hold Your Horses - 70 Million http://www.myspace.com/holdyourhorsesparis Production: L'Ogre Contact: contact@logre.tv
agradecimientos a Santaushow Maldonado que me lo mostró.
Hold Your Horses - 70 Million http://www.myspace.com/holdyourhorsesparis Production: L'Ogre Contact: contact@logre.tv
agradecimientos a Santaushow Maldonado que me lo mostró.
miércoles, 5 de mayo de 2010
Sub-escritos
A ella nunca le gustó lo que escribía. Ni ese poema que le regalé para nuestro aniversario, uno de esos años añosos, añejos en la memoria. Regálame unos zapatos, un pantalón o cualquier hueá menos estos poemas raros… no los quiero… ¡trabaja! Cagao’ de mierda. Poeta el hueón… levántate de la cama mejor flojo culiao’… poeta, el intelectual… sale a la calle vago de mierda.
Desde que me dejó creo que volví a escribir todas las noches ¿o días? No lo sé. Conocí las noches en su cama, los días caminando por las calles de siempre. Esas de cemento. Esas con ojos y bocas y pelos y vestidos y faldas y pantalones y telas prefabricadas… esas calles con cigarros y colillas y humo y ruedas. A mil pesos café o bebida más sándwich.
Me pregunto… ¿Voy a cumplir 30 años? Por el ano los años decía el gordo del kiosco con su banderín de San Luis de Quillota en el fondo junto a las revistas y los cigarros de todos colores y sabores. Le hago caso y sigo aferrado a este palito de madera rojinegro 2B. Me pregunto; ¿Para que escribir? Dudo que alguien se de la paja de leerme. Igual no dejo de hacerlo. Mejor que acostarme a mirar el techo y el cable cortado... porque ya no me dejan tener ampolleta ni lámpara. Fue difícil juntar tanto cable.
Cansado estoy de rayar papeles con inservibles figuras grises. Le pedí una goma al señor de blanco. Para borrarme los recuerdos. Para sacarme de este planeta blanco rayado y quemar la puta tapa azul del cuaderno. A gomazos, pura fricción. Apagar esta fabrica de redondeadas opacas letras que escribo… cartas para ella, locuras para ti, lamentos para mi.
Cual será el arma que destruya esta condena eterna.
Te cambio Prometeo, tu aquí en esta semioscuridad. En esta silla sin respaldo, en esta mesa de plástico. En este vaso de agua, en tómese la sopita mi niño, en trague la pastillita y le hago nanay mi niñito lindo. En el piso frío donde abro los ojos a veces. En la cama con colchón, sin resortes. Pura pluma, rica la huéa. En la frazada cuadrada con cuadritos cuadrados. Te cambio Prometeo. Tú escribe. Yo aguileo mis entrañas. No quiero escribir más, no quiero recordar más...
“Me voy… no me llames, no me busques, no te quiero volver a ver nunca más. Paola”. Escrito en un papel blanco, debajo de una zanahoria plástica con un imán atrás. Un billete morado se encontraba también bajo el imán.
el kaminaba inkieto alrrededor del lugar un lugar kon unos siyones i kon otras kosas ke no boi a deskribir porke no konosco sus nombres el señor kon sus bestimentas puestas kon ese arbrigo o algo asi le yaman los umanos uno kafe kon kafeses kuadrados otros berdes otros amariyos este umano a salido del lugar ke yaman piesa o piso o departamento i yo en la bentana lo miro salir i buelo a tierra para seguirlo kuando baje
Bajé rápidamente la escalera del departamento. Oiga señor Lara, cuando va a pagar la mensualidad. No hice caso, empujé la puerta de vidrio de la entrada del edificio y metí las manos en los bolsillos de mi abrigo. Un Manuel Rodríguez plastificado roza la carta de ella. ¿Me lo dejaste como mi última mesada?
Con dos lucas compré una petaca de pisco en la botillería cercana (Giancarlo Petaccia como le decía El Brocha, me acuerdo que reí) y unos cigarros blandos de diez.
lo beia kaminando rrapido por las kayes eskibando a otros umanos i kasi pisando a muchas de mis kompañeras una de estas gomas blankas se me pega a la pata pero me libere i pikotie ese pedasito naranjo de sustansia krujiente ke dejo kaer un umano pekeño de un enboltorio metaliko plastiko briyante i despues rasone (a beces me pasa i eskribo) i kontinue siguiendo al umano del departamento a paso firme bolando de aki para aya.
Llegué a ese café, El Observatorio, donde a veces veía reír a los gringos sentados en las mesas con sus humeantes capuchinos cremosos y a las parejas felices tomadas de las manos y a los peatones apretados afuera, con las manos en los bolsillos y a los autos por el cemento tan fino, de esa calle tan intelectual, tan snob de mi ciudad, tan ciudad. El café quedaba justo en el primer piso del edificio donde alguna vez trabajé. Una paloma de esas con el pecho bien parado me miró muy raro a los ojos. Me dio miedo e ingresé al lugar. Entré con el cigarro prendido a la zona No Fumadores y lo boté apresurado al suelo para que no me reten los mozos. Después pisé la colilla. Miré para adentro del lugar donde si se podía fumar y había un grupo grande de jovencitas y jovencitos sentaditos en unas cuatro mesas todos con sus bebiditas sus cafecitos sus sonrisas sus conversaciones chiquititas. Hasta la música era chiquitita bajita. Humito en el aire. Subí seguro con mi petaca en el bolsillo del abrigo al segundo piso. Miré una exposición de cuadros que había por un segundo y vi uno de Matta. Que suerte la mía, pensé. No, era un tal Bullemore creo. Seguí subiendo, hasta el tercer piso, a la que fue mi oficina ahora abandonada. Quizá alguien la usaba, no me importó… no había nadie más que yo y un escritorio con su respectiva silla y unos papeles y un computador y carpetas… y mi cuaderno azul y mi lápiz 2B y mi Giancarlo Petaccia y mis cigarros aplastados. A escribir me dije.
bole rrapido para alcanzar al señor de la piesa yegue a un lugar grande un edifisio komo le disen los umanos el señor me miro fijamente antes de entrar al lugar se después se kedo un rrato parado mui rraro tirando umo de ai subio por esas eskaleras tan grandes ke los umanos les gusta tanto konstruir despues yo bole a un piso alto i me kede en una bentana ai lo vi sentado en esa kosa ke se yama siya kon un palito en la mano de bes en kuando tomaba de una aguita i echaba umo por la boka i lo mire mucho mucho rrato despues yego un señor bestido komo muchos umanos se bisten en las mañanas kon esas telas en el kueyo y chaketa komo kreo se yaman esas rropas i el señor sentado el de la piesa lo miro rraro algo le dijo el señor de chaketa i el del departamento le rrespondio i se paro kon su palito i se lo klabo en el ojo mui fuerte i despues se lo klabo en la guata i en la kara i en muchas partes despues me bio a mi ke lo miraba i me miro a mis ojos mucho rrato i yo lo mire a el
despues me lanso el palito i choko en eso ke los umanos yaman bidrio
bole lejos me dio miedo esos umanos salbajes pense
El oficinista sangraba en el suelo mientras yo escribía y bebía de mi Giancarlo Petaccia y fumaba de mis cigarros aplastados. Recuerdo los gritos de mujeres, cuando llegan los carabineros. Asesino me dijeron. Loco me dijeron. Alegaremos demencia señor Lara le juro que a la cárcel no lo meten… fue el Manicomio, cadena perpetua. Me dejaron quedarme con mi cuaderno azul y mi lápiz 2B rojinegro con la puntita plana eso si, para que no me haga ningún daño. ¿Y tú Paola?
Saludos.
Lázaro Valle Uneva, 2010.
Desde que me dejó creo que volví a escribir todas las noches ¿o días? No lo sé. Conocí las noches en su cama, los días caminando por las calles de siempre. Esas de cemento. Esas con ojos y bocas y pelos y vestidos y faldas y pantalones y telas prefabricadas… esas calles con cigarros y colillas y humo y ruedas. A mil pesos café o bebida más sándwich.
Me pregunto… ¿Voy a cumplir 30 años? Por el ano los años decía el gordo del kiosco con su banderín de San Luis de Quillota en el fondo junto a las revistas y los cigarros de todos colores y sabores. Le hago caso y sigo aferrado a este palito de madera rojinegro 2B. Me pregunto; ¿Para que escribir? Dudo que alguien se de la paja de leerme. Igual no dejo de hacerlo. Mejor que acostarme a mirar el techo y el cable cortado... porque ya no me dejan tener ampolleta ni lámpara. Fue difícil juntar tanto cable.
Cansado estoy de rayar papeles con inservibles figuras grises. Le pedí una goma al señor de blanco. Para borrarme los recuerdos. Para sacarme de este planeta blanco rayado y quemar la puta tapa azul del cuaderno. A gomazos, pura fricción. Apagar esta fabrica de redondeadas opacas letras que escribo… cartas para ella, locuras para ti, lamentos para mi.
Cual será el arma que destruya esta condena eterna.
Te cambio Prometeo, tu aquí en esta semioscuridad. En esta silla sin respaldo, en esta mesa de plástico. En este vaso de agua, en tómese la sopita mi niño, en trague la pastillita y le hago nanay mi niñito lindo. En el piso frío donde abro los ojos a veces. En la cama con colchón, sin resortes. Pura pluma, rica la huéa. En la frazada cuadrada con cuadritos cuadrados. Te cambio Prometeo. Tú escribe. Yo aguileo mis entrañas. No quiero escribir más, no quiero recordar más...
“Me voy… no me llames, no me busques, no te quiero volver a ver nunca más. Paola”. Escrito en un papel blanco, debajo de una zanahoria plástica con un imán atrás. Un billete morado se encontraba también bajo el imán.
el kaminaba inkieto alrrededor del lugar un lugar kon unos siyones i kon otras kosas ke no boi a deskribir porke no konosco sus nombres el señor kon sus bestimentas puestas kon ese arbrigo o algo asi le yaman los umanos uno kafe kon kafeses kuadrados otros berdes otros amariyos este umano a salido del lugar ke yaman piesa o piso o departamento i yo en la bentana lo miro salir i buelo a tierra para seguirlo kuando baje
Bajé rápidamente la escalera del departamento. Oiga señor Lara, cuando va a pagar la mensualidad. No hice caso, empujé la puerta de vidrio de la entrada del edificio y metí las manos en los bolsillos de mi abrigo. Un Manuel Rodríguez plastificado roza la carta de ella. ¿Me lo dejaste como mi última mesada?
Con dos lucas compré una petaca de pisco en la botillería cercana (Giancarlo Petaccia como le decía El Brocha, me acuerdo que reí) y unos cigarros blandos de diez.
lo beia kaminando rrapido por las kayes eskibando a otros umanos i kasi pisando a muchas de mis kompañeras una de estas gomas blankas se me pega a la pata pero me libere i pikotie ese pedasito naranjo de sustansia krujiente ke dejo kaer un umano pekeño de un enboltorio metaliko plastiko briyante i despues rasone (a beces me pasa i eskribo) i kontinue siguiendo al umano del departamento a paso firme bolando de aki para aya.
Llegué a ese café, El Observatorio, donde a veces veía reír a los gringos sentados en las mesas con sus humeantes capuchinos cremosos y a las parejas felices tomadas de las manos y a los peatones apretados afuera, con las manos en los bolsillos y a los autos por el cemento tan fino, de esa calle tan intelectual, tan snob de mi ciudad, tan ciudad. El café quedaba justo en el primer piso del edificio donde alguna vez trabajé. Una paloma de esas con el pecho bien parado me miró muy raro a los ojos. Me dio miedo e ingresé al lugar. Entré con el cigarro prendido a la zona No Fumadores y lo boté apresurado al suelo para que no me reten los mozos. Después pisé la colilla. Miré para adentro del lugar donde si se podía fumar y había un grupo grande de jovencitas y jovencitos sentaditos en unas cuatro mesas todos con sus bebiditas sus cafecitos sus sonrisas sus conversaciones chiquititas. Hasta la música era chiquitita bajita. Humito en el aire. Subí seguro con mi petaca en el bolsillo del abrigo al segundo piso. Miré una exposición de cuadros que había por un segundo y vi uno de Matta. Que suerte la mía, pensé. No, era un tal Bullemore creo. Seguí subiendo, hasta el tercer piso, a la que fue mi oficina ahora abandonada. Quizá alguien la usaba, no me importó… no había nadie más que yo y un escritorio con su respectiva silla y unos papeles y un computador y carpetas… y mi cuaderno azul y mi lápiz 2B y mi Giancarlo Petaccia y mis cigarros aplastados. A escribir me dije.
bole rrapido para alcanzar al señor de la piesa yegue a un lugar grande un edifisio komo le disen los umanos el señor me miro fijamente antes de entrar al lugar se después se kedo un rrato parado mui rraro tirando umo de ai subio por esas eskaleras tan grandes ke los umanos les gusta tanto konstruir despues yo bole a un piso alto i me kede en una bentana ai lo vi sentado en esa kosa ke se yama siya kon un palito en la mano de bes en kuando tomaba de una aguita i echaba umo por la boka i lo mire mucho mucho rrato despues yego un señor bestido komo muchos umanos se bisten en las mañanas kon esas telas en el kueyo y chaketa komo kreo se yaman esas rropas i el señor sentado el de la piesa lo miro rraro algo le dijo el señor de chaketa i el del departamento le rrespondio i se paro kon su palito i se lo klabo en el ojo mui fuerte i despues se lo klabo en la guata i en la kara i en muchas partes despues me bio a mi ke lo miraba i me miro a mis ojos mucho rrato i yo lo mire a el
despues me lanso el palito i choko en eso ke los umanos yaman bidrio
bole lejos me dio miedo esos umanos salbajes pense
El oficinista sangraba en el suelo mientras yo escribía y bebía de mi Giancarlo Petaccia y fumaba de mis cigarros aplastados. Recuerdo los gritos de mujeres, cuando llegan los carabineros. Asesino me dijeron. Loco me dijeron. Alegaremos demencia señor Lara le juro que a la cárcel no lo meten… fue el Manicomio, cadena perpetua. Me dejaron quedarme con mi cuaderno azul y mi lápiz 2B rojinegro con la puntita plana eso si, para que no me haga ningún daño. ¿Y tú Paola?
Saludos.
Lázaro Valle Uneva, 2010.
martes, 13 de abril de 2010
Personas gramaticales
Me levanto de la cama, bostezo. Miro hacia fuera por la ventana; la mañana triunfante, el sol en lo alto, los pájaros cantan. Tomo el vaso de agua que estaba desde ayer en el velador, al costado derecho de la cama y me tomo la pastilla de todos los días. Estiro los brazos, las piernas y vuelvo a bostezar. Me siento en la silla del escritorio. Abro el cuaderno, saco el lápiz mina que está dentro de la taza que decora la mesa y escribo:
“Te despertaste cansado como casi todas las mañanas. Saliste de la cama en calzoncillos y bostezaste. Los pajarillos cantaban y el sol brillaba hacia tu ventana. Te asomaste por ella y pude verte con mayor claridad. Tú no reparaste en que desde la segunda ventana del cuarto y más alto piso del edificio que se ve desde tu pieza yo estaba mirándote como todas las mañanas. Espiándote. Observándote dormir y despertar. Ese soleado día en que tomaste la pastilla del cajón; como todas las mañanas, con el agua que dejaste en la noche en el velador. Luego fuiste a la mesa de vidrio que tienes como escritorio, abriste el cuaderno azul donde sueles escribir y tomaste el lápiz grafito que se encuentra en la taza que está, también, en el escritorio. Y luego muy concentrado escribiste:
“Un joven se levanta de la cama una mañana soleada, solamente llevaba puesto un calzoncillo blanco que cubría lo justo y necesario. Los zorzales cantaban y este mozuelo semidesnudo miraba detenidamente hacia el sol que se presentaba con sus poderosos rayos a través de la ventana. Del velador de madera, junto a su cama, toma un vaso de agua y se toma cierta medicina que guardaba en el cajón del mismo velador. Luego, estira sus extremidades cansadas, bosteza y se sienta en su escritorio. El joven sentado toma un cuaderno azul y lo abre. Encima del escritorio también había una taza de vidrio, como la mesa, de donde el semidesnudo escritor sacó un lápiz. Se concentró y comenzó a escribir.
Cerca de ese lugar, en un edificio de ladrillos, un viejo de larga y raída barba canosa, de cabellos largos y descuidados, también canosos, miraba a través de unos binoculares la habitación donde habitaba este muchacho. Después, escribía en un cuaderno azul todo lo que observaba desde la segunda ventana de derecha a izquierda, en el cuarto piso del edificio; el piso más alto de todos.
Coco, 2010
“Te despertaste cansado como casi todas las mañanas. Saliste de la cama en calzoncillos y bostezaste. Los pajarillos cantaban y el sol brillaba hacia tu ventana. Te asomaste por ella y pude verte con mayor claridad. Tú no reparaste en que desde la segunda ventana del cuarto y más alto piso del edificio que se ve desde tu pieza yo estaba mirándote como todas las mañanas. Espiándote. Observándote dormir y despertar. Ese soleado día en que tomaste la pastilla del cajón; como todas las mañanas, con el agua que dejaste en la noche en el velador. Luego fuiste a la mesa de vidrio que tienes como escritorio, abriste el cuaderno azul donde sueles escribir y tomaste el lápiz grafito que se encuentra en la taza que está, también, en el escritorio. Y luego muy concentrado escribiste:
“Un joven se levanta de la cama una mañana soleada, solamente llevaba puesto un calzoncillo blanco que cubría lo justo y necesario. Los zorzales cantaban y este mozuelo semidesnudo miraba detenidamente hacia el sol que se presentaba con sus poderosos rayos a través de la ventana. Del velador de madera, junto a su cama, toma un vaso de agua y se toma cierta medicina que guardaba en el cajón del mismo velador. Luego, estira sus extremidades cansadas, bosteza y se sienta en su escritorio. El joven sentado toma un cuaderno azul y lo abre. Encima del escritorio también había una taza de vidrio, como la mesa, de donde el semidesnudo escritor sacó un lápiz. Se concentró y comenzó a escribir.
Cerca de ese lugar, en un edificio de ladrillos, un viejo de larga y raída barba canosa, de cabellos largos y descuidados, también canosos, miraba a través de unos binoculares la habitación donde habitaba este muchacho. Después, escribía en un cuaderno azul todo lo que observaba desde la segunda ventana de derecha a izquierda, en el cuarto piso del edificio; el piso más alto de todos.
Coco, 2010
Ella y Él
Apagó el cigarro en el improvisado cenicero; una lata de cerveza vacía. Ella, a su vez, lanzó la colilla por la ventana del auto y luego girando la manilla fue subiendo la ventana hasta cerrarla completamente. Él miraba al techo y pensaba en el amor, en contarle a sus amigos y en como volver a su casa. Ella observándolo tan callado preguntó:
-¿Qué te pasa?-
-Nada- respondió este tímidamente- pienso no más…
-¿En qué?- y le hizo cariño cerca del ombligo donde se iniciaba ese camino peludo que llega hasta el sexo del hombre.
-Nada, puras hueás no má- y mirándola a los ojos agregó- ¿Vamos?
Él siempre se sintió atraído a Ella. Su cuerpo bien formado, “buen potito y buen par de ellas” como decía un amigo suyo. Su piel morena, su pelo negro ni tan largo ni tan corto, sus ojos negros, sus cejas ordenadas, sus finos labios rosáceos, las pestañas curvadamente largas. Esa faldita un poco más corta de lo permitido, las blusas traslucidas en verano, el buzo de gimnasia ajustado, los abrigos en invierno, todo en Ella para Él era perfecto. Nunca le contó a nadie de su obsesión por Ella, se lo guardó para si, como casi todo lo que pensaba.
La miraba desde la ventana de la clase, en el casino sirviéndose el plato a la hora de almuerzo, escondido entre los libros de la biblioteca. Si Él la veía se quedaba perplejo mirándola y si es que Ella le devolvía la mirada, Él bajaba rápidamente la vista nervioso y se le ponían las mejillas rojas como un tomate.
Idealista, soñador y enamoradizo… conoció unas cuantas mujeres antes en su vida pero sus manos y su cuerpo nunca habían probado todas las bondades que puede ofrecer el cuerpo femenino. Esto lo torturó siempre… hasta esa noche.
Cuando jugaba fútbol en el patio del colegio daba todo de si para cautivarla a Ella que muchas veces se sentó con sus amigas a observar los caóticos partidos del recreo después del almuerzo. Si metía un gol la buscaba entre el público sentado en los pastos y escaleras aledañas a la improvisada cancha. Cuando la lograba encontrar la miraba de reojo y su corazón estallaba de alegría. Escribía de Ella en sus cuadernos, soñaba despierto con Ella antes de dormir y al despertar. Pero nunca le habló… hasta esa noche.
Ella nunca se sintió muy atraída hacía Él. Sus piernas flacas y blancas, su cara de niño, su pelo largo y descuidado. El uniforme viejo y ligero; esos polerones, chalecos, camisas, pantalones grandes, los conocía de memoria pero no le agradaban. En general nada de Él le gustaba… hasta esa noche. Ella sabía que Él la miraba desde que entró al colegio, desde que su rubia cabellera desordenada y su cara de niño inocente puso un pie en el enorme recinto escolar. Sabía que mientras Él leía en la biblioteca con un tercer ojo la observaba a Ella pasar. Sabía que en el fondo siempre le dedicó los goles a Ella. “Me mira todo el rato”. Pensaba cada vez que lo veía apurado correr a la sala después de cada recreo. Ella sabía que tenía cierto poder sobre Él y jugaba con eso. Muchas veces le devolvía las ardientes miradas con una sonrisa y Él se sonrojaba y miraba al piso. “Jamás me hablará, que hueón más tímido” pensaba Ella mientras cuchareaba un flan de caramelo o mordía una manzana en alguna mesa del casino.
En fin, Él estaba vuelto loco por Ella y se torturaba contemplándola todos los días de colegio. Ella hacía como que ni existía este personaje mas siempre supo que Él ahí estaba, observando.
Esa noche comenzó para Él como todas las otras noches de fin de semana. Los amigos de siempre, los vasos largos de vidrio con hielos, las botellas de pisco; el mismo de siempre, las coca-colas, las cajetillas sobre la mesa. Los ceniceros llenos de colillas, los círculos pegotes que dejaban los vasos en la mesa. Los pitos, que salían siempre de a dos, daban la vuelta alrededor de la mesa.
Todos jóvenes llenos de alegría, mayores de edad (algunos) gozaban cada fin de semana con emoción, tal como lo hicieron esa noche.
La polola de alguno apuró el paso con un -¡Ya vamos que es tarde!- y todos los vasos se vaciaron de un golpe, los cigarros al cenicero, uno vaciaba los restos de pisco en la coca-cola que sobraba. Y así, todos los presentes se repartieron en los dos autos que afuera habían dejado estacionados los únicos dos que manejaban. Él subió al auto de uno de sus amigos de copiloto. Éste, borrachamente bajó la ventana, encendió un cigarro, luego las luces, pisó el embriague, puso primera, aceleró y no, no partió el auto. Los tres de atrás estallaron de la risa y le dieron golpecitos de ánimo al ebrio compañero que se dirigió responsablemente a Él diciendo –Maneja vo’ mejor-. Él, que siempre tuvo buena cabeza, aceptó el reto. Tenía dieciocho años y acababa de sacar la licencia de conducir. Sabía que arriesgaba más que una multa por manejar bajo los efectos del alcohol y una que otra cosita en la cabeza, pero en ese momento le pareció buena idea tomar el volante antes que su ebrio amigo. No tuvo ningún problema camino a la fiesta a la que se dirigían. Entraron todos a las casa de Nadie, el gran anfitrión de esa noche.
La fiesta estaba buenísima para todos, menos para Él. Llevaba horas sentado en una silla, en el patio de la casa, acabándose los pocos cigarros que le quedaban y robándole pisco a cierto ingenioso que dejó su botella escondida justo bajo esa silla que Él ocupó, sin hablar con nadie más que con los amigos que pasaban y le conversaban un rato o simplemente lo saludaban.
Ya pensaba irse y “mandar a todos a la mierda” como se dijo a si mismo, pero sucedió lo inesperado. Su amigo, dueño del auto, el que no pudo manejar a la ida, iba de la mano con Ella. Se instalaron en dos sillas cercanas a Él y se pusieron a conversar. El amigo al verlo a Él sentado cerca, dijo en voz alta con una voz pastosa de borracho:
– ¡Oye! Mirra te prresento a mi nueva amiga, salúala, es del colegio po’ hueón va un curso más abajo que nosotrros. ¿Rrica o no?
Ella haciéndose la desentendida señaló -¡Hola! Me llamo…-
-Hola… sí, creo que te conozco, alguna vez te vi en el colegio- dijo después Él- y agregó nervioso- Mi nombre es.... Luego pensó: “Siempre te veo”. Y así se saludaron con el característico beso en la mejilla.
El borrachito amigo de Él, el ex conductor, riendo, dijo después:
-Este hueón es más piola que la mierrda, vive en la luna- Y rieron todos, incluso Él. Ella pensó “Ya lo sé”.
Pasaron así un rato conversando, tomando, fumando, hablando de todo y de nada. Hasta Dios y el diablo fueron nombrados. Y así estuvieron hasta que el amigo ex conductor se puso de pie y tambaleándose se acercó a unas plantas que habían por ahí y vomitó hasta el alma. Luego miró a Ella y a Él y dijo:
–‘Toy bien, no se prreocupen.
Él agitado le dijo a Ella:
-Ya vamos, tengo que llevarlo pa’ su casa, ‘ta muerto este hueón… te llevo pa’ tu casa si queri.
-Ya po’, vamos ¿te ayudo a llevarlo?
Juntos, Ella y Él, llevaron al ex conductor, que apenas podía dar tres pasos seguidos, hacia su auto. Lo acostaron en la parte de atrás y al segundo éste dormía profundamente.
-¿Bueno y a donde vamos? Dijo Él para romper el hielo sin poder creer que Ella se encontraba a su lado.
-Dale no más yo te aviso…- respondió Ella
“Por el semáforo… Sube por ahí… La segunda a la izquierda… Por ahí, sigue no más yo te aviso… Aquí, frena.”
Un mirador a horas de la madrugada; la luna no estaba llena y uno de los cuatro focos que iluminaba el recinto tintineaba cada cierto rato.
-Que linda tu casa- dijo Él irónicamente -¿Queri una chela? Queda una, la vamos a tener que compartir.
Hablaron por horas Ella y Él, de cine, de literatura, de que ambos escribían, de sexo, del colegio, de esta mujer, de este hombre y cuando el tema iba en el profesor de ingles ella dijo:
-¡Ay es un mino!
-Tú más- exclamó Él y se sonrojó.
-¿Qué?- Preguntó Ella desafiante
-Ah es que yo… emmm encuentro, o sea, como todos… que tú…
Interrumpió Ella – ¡Ya! ¡Cállate y dame un beso!
Se cumplió el sueño de Él. Un beso llevo a otro, las lenguas de ambos se acostumbraron la una a la otra. Luego Ella inclinó el asiento hacia atrás chocando los pies del ebrio que todavía dormía en la parte de atrás del auto. Éste ni se inmutó. Él se deslizó hacia el asiento de Ella y la pasión se encendió como pólvora.
La mano que sudaba de Él acarició uno de los senos de Ella. Y Ella paró. Alejó su cara unos centímetros de la de Él y señaló: -Tranquilo…-
Volvieron a besarse. La polera de Él cayó encima de la cara de su amigo borracho que ya roncaba. La ropa de ella se acumulaba en el asiento del piloto junto con lo que quedaba de la de Él.
Él la besó desde la cabeza a los pies, Ella también a Él. No tuvo ningún pudor Él de su desnudez, Ella menos. Los sabores metálicos, los líquidos, todo fluyó armónicamente después de ese caluroso “Tranquilo”.
Terminó Él jadeando, Ella no tanto. Un minuto y algo más fue lo que duró la primera vez para Él. No le contó a Ella que había perdido la virginidad. No fue necesario, Ella lo sabía, o lo supuso. Ella lo besó en la frente cuando todo terminó y Él respondió con uno en ambos ojos. Él volvió al asiento del piloto, movió la acumulación de ropa a un lado y se puso el calzoncillo para ocultar lo que antes no le había dado pudor. Ella desnuda, recostada, relajada en el asiento lo miraba y sonreía. Ella sacó dos cigarros de la cajetilla blanda que se encontraba arrugada entre los zapatos de ambos en el piso de su asiento. Le pasó uno medio doblado a Él y este después caballerosamente encendió los dos con el encendedor del auto, que antes saltó con un click. Él lanzó una bocanada de humo hacia el techo. Ella hizo una argolla y buscó los nerviosos ojos de Él, que miraban como siempre hacia un infinito muy lejano.
Coco, 2010
-¿Qué te pasa?-
-Nada- respondió este tímidamente- pienso no más…
-¿En qué?- y le hizo cariño cerca del ombligo donde se iniciaba ese camino peludo que llega hasta el sexo del hombre.
-Nada, puras hueás no má- y mirándola a los ojos agregó- ¿Vamos?
Él siempre se sintió atraído a Ella. Su cuerpo bien formado, “buen potito y buen par de ellas” como decía un amigo suyo. Su piel morena, su pelo negro ni tan largo ni tan corto, sus ojos negros, sus cejas ordenadas, sus finos labios rosáceos, las pestañas curvadamente largas. Esa faldita un poco más corta de lo permitido, las blusas traslucidas en verano, el buzo de gimnasia ajustado, los abrigos en invierno, todo en Ella para Él era perfecto. Nunca le contó a nadie de su obsesión por Ella, se lo guardó para si, como casi todo lo que pensaba.
La miraba desde la ventana de la clase, en el casino sirviéndose el plato a la hora de almuerzo, escondido entre los libros de la biblioteca. Si Él la veía se quedaba perplejo mirándola y si es que Ella le devolvía la mirada, Él bajaba rápidamente la vista nervioso y se le ponían las mejillas rojas como un tomate.
Idealista, soñador y enamoradizo… conoció unas cuantas mujeres antes en su vida pero sus manos y su cuerpo nunca habían probado todas las bondades que puede ofrecer el cuerpo femenino. Esto lo torturó siempre… hasta esa noche.
Cuando jugaba fútbol en el patio del colegio daba todo de si para cautivarla a Ella que muchas veces se sentó con sus amigas a observar los caóticos partidos del recreo después del almuerzo. Si metía un gol la buscaba entre el público sentado en los pastos y escaleras aledañas a la improvisada cancha. Cuando la lograba encontrar la miraba de reojo y su corazón estallaba de alegría. Escribía de Ella en sus cuadernos, soñaba despierto con Ella antes de dormir y al despertar. Pero nunca le habló… hasta esa noche.
Ella nunca se sintió muy atraída hacía Él. Sus piernas flacas y blancas, su cara de niño, su pelo largo y descuidado. El uniforme viejo y ligero; esos polerones, chalecos, camisas, pantalones grandes, los conocía de memoria pero no le agradaban. En general nada de Él le gustaba… hasta esa noche. Ella sabía que Él la miraba desde que entró al colegio, desde que su rubia cabellera desordenada y su cara de niño inocente puso un pie en el enorme recinto escolar. Sabía que mientras Él leía en la biblioteca con un tercer ojo la observaba a Ella pasar. Sabía que en el fondo siempre le dedicó los goles a Ella. “Me mira todo el rato”. Pensaba cada vez que lo veía apurado correr a la sala después de cada recreo. Ella sabía que tenía cierto poder sobre Él y jugaba con eso. Muchas veces le devolvía las ardientes miradas con una sonrisa y Él se sonrojaba y miraba al piso. “Jamás me hablará, que hueón más tímido” pensaba Ella mientras cuchareaba un flan de caramelo o mordía una manzana en alguna mesa del casino.
En fin, Él estaba vuelto loco por Ella y se torturaba contemplándola todos los días de colegio. Ella hacía como que ni existía este personaje mas siempre supo que Él ahí estaba, observando.
Esa noche comenzó para Él como todas las otras noches de fin de semana. Los amigos de siempre, los vasos largos de vidrio con hielos, las botellas de pisco; el mismo de siempre, las coca-colas, las cajetillas sobre la mesa. Los ceniceros llenos de colillas, los círculos pegotes que dejaban los vasos en la mesa. Los pitos, que salían siempre de a dos, daban la vuelta alrededor de la mesa.
Todos jóvenes llenos de alegría, mayores de edad (algunos) gozaban cada fin de semana con emoción, tal como lo hicieron esa noche.
La polola de alguno apuró el paso con un -¡Ya vamos que es tarde!- y todos los vasos se vaciaron de un golpe, los cigarros al cenicero, uno vaciaba los restos de pisco en la coca-cola que sobraba. Y así, todos los presentes se repartieron en los dos autos que afuera habían dejado estacionados los únicos dos que manejaban. Él subió al auto de uno de sus amigos de copiloto. Éste, borrachamente bajó la ventana, encendió un cigarro, luego las luces, pisó el embriague, puso primera, aceleró y no, no partió el auto. Los tres de atrás estallaron de la risa y le dieron golpecitos de ánimo al ebrio compañero que se dirigió responsablemente a Él diciendo –Maneja vo’ mejor-. Él, que siempre tuvo buena cabeza, aceptó el reto. Tenía dieciocho años y acababa de sacar la licencia de conducir. Sabía que arriesgaba más que una multa por manejar bajo los efectos del alcohol y una que otra cosita en la cabeza, pero en ese momento le pareció buena idea tomar el volante antes que su ebrio amigo. No tuvo ningún problema camino a la fiesta a la que se dirigían. Entraron todos a las casa de Nadie, el gran anfitrión de esa noche.
La fiesta estaba buenísima para todos, menos para Él. Llevaba horas sentado en una silla, en el patio de la casa, acabándose los pocos cigarros que le quedaban y robándole pisco a cierto ingenioso que dejó su botella escondida justo bajo esa silla que Él ocupó, sin hablar con nadie más que con los amigos que pasaban y le conversaban un rato o simplemente lo saludaban.
Ya pensaba irse y “mandar a todos a la mierda” como se dijo a si mismo, pero sucedió lo inesperado. Su amigo, dueño del auto, el que no pudo manejar a la ida, iba de la mano con Ella. Se instalaron en dos sillas cercanas a Él y se pusieron a conversar. El amigo al verlo a Él sentado cerca, dijo en voz alta con una voz pastosa de borracho:
– ¡Oye! Mirra te prresento a mi nueva amiga, salúala, es del colegio po’ hueón va un curso más abajo que nosotrros. ¿Rrica o no?
Ella haciéndose la desentendida señaló -¡Hola! Me llamo…-
-Hola… sí, creo que te conozco, alguna vez te vi en el colegio- dijo después Él- y agregó nervioso- Mi nombre es.... Luego pensó: “Siempre te veo”. Y así se saludaron con el característico beso en la mejilla.
El borrachito amigo de Él, el ex conductor, riendo, dijo después:
-Este hueón es más piola que la mierrda, vive en la luna- Y rieron todos, incluso Él. Ella pensó “Ya lo sé”.
Pasaron así un rato conversando, tomando, fumando, hablando de todo y de nada. Hasta Dios y el diablo fueron nombrados. Y así estuvieron hasta que el amigo ex conductor se puso de pie y tambaleándose se acercó a unas plantas que habían por ahí y vomitó hasta el alma. Luego miró a Ella y a Él y dijo:
–‘Toy bien, no se prreocupen.
Él agitado le dijo a Ella:
-Ya vamos, tengo que llevarlo pa’ su casa, ‘ta muerto este hueón… te llevo pa’ tu casa si queri.
-Ya po’, vamos ¿te ayudo a llevarlo?
Juntos, Ella y Él, llevaron al ex conductor, que apenas podía dar tres pasos seguidos, hacia su auto. Lo acostaron en la parte de atrás y al segundo éste dormía profundamente.
-¿Bueno y a donde vamos? Dijo Él para romper el hielo sin poder creer que Ella se encontraba a su lado.
-Dale no más yo te aviso…- respondió Ella
“Por el semáforo… Sube por ahí… La segunda a la izquierda… Por ahí, sigue no más yo te aviso… Aquí, frena.”
Un mirador a horas de la madrugada; la luna no estaba llena y uno de los cuatro focos que iluminaba el recinto tintineaba cada cierto rato.
-Que linda tu casa- dijo Él irónicamente -¿Queri una chela? Queda una, la vamos a tener que compartir.
Hablaron por horas Ella y Él, de cine, de literatura, de que ambos escribían, de sexo, del colegio, de esta mujer, de este hombre y cuando el tema iba en el profesor de ingles ella dijo:
-¡Ay es un mino!
-Tú más- exclamó Él y se sonrojó.
-¿Qué?- Preguntó Ella desafiante
-Ah es que yo… emmm encuentro, o sea, como todos… que tú…
Interrumpió Ella – ¡Ya! ¡Cállate y dame un beso!
Se cumplió el sueño de Él. Un beso llevo a otro, las lenguas de ambos se acostumbraron la una a la otra. Luego Ella inclinó el asiento hacia atrás chocando los pies del ebrio que todavía dormía en la parte de atrás del auto. Éste ni se inmutó. Él se deslizó hacia el asiento de Ella y la pasión se encendió como pólvora.
La mano que sudaba de Él acarició uno de los senos de Ella. Y Ella paró. Alejó su cara unos centímetros de la de Él y señaló: -Tranquilo…-
Volvieron a besarse. La polera de Él cayó encima de la cara de su amigo borracho que ya roncaba. La ropa de ella se acumulaba en el asiento del piloto junto con lo que quedaba de la de Él.
Él la besó desde la cabeza a los pies, Ella también a Él. No tuvo ningún pudor Él de su desnudez, Ella menos. Los sabores metálicos, los líquidos, todo fluyó armónicamente después de ese caluroso “Tranquilo”.
Terminó Él jadeando, Ella no tanto. Un minuto y algo más fue lo que duró la primera vez para Él. No le contó a Ella que había perdido la virginidad. No fue necesario, Ella lo sabía, o lo supuso. Ella lo besó en la frente cuando todo terminó y Él respondió con uno en ambos ojos. Él volvió al asiento del piloto, movió la acumulación de ropa a un lado y se puso el calzoncillo para ocultar lo que antes no le había dado pudor. Ella desnuda, recostada, relajada en el asiento lo miraba y sonreía. Ella sacó dos cigarros de la cajetilla blanda que se encontraba arrugada entre los zapatos de ambos en el piso de su asiento. Le pasó uno medio doblado a Él y este después caballerosamente encendió los dos con el encendedor del auto, que antes saltó con un click. Él lanzó una bocanada de humo hacia el techo. Ella hizo una argolla y buscó los nerviosos ojos de Él, que miraban como siempre hacia un infinito muy lejano.
Coco, 2010
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