Me levanto de la cama, bostezo. Miro hacia fuera por la ventana; la mañana triunfante, el sol en lo alto, los pájaros cantan. Tomo el vaso de agua que estaba desde ayer en el velador, al costado derecho de la cama y me tomo la pastilla de todos los días. Estiro los brazos, las piernas y vuelvo a bostezar. Me siento en la silla del escritorio. Abro el cuaderno, saco el lápiz mina que está dentro de la taza que decora la mesa y escribo:
“Te despertaste cansado como casi todas las mañanas. Saliste de la cama en calzoncillos y bostezaste. Los pajarillos cantaban y el sol brillaba hacia tu ventana. Te asomaste por ella y pude verte con mayor claridad. Tú no reparaste en que desde la segunda ventana del cuarto y más alto piso del edificio que se ve desde tu pieza yo estaba mirándote como todas las mañanas. Espiándote. Observándote dormir y despertar. Ese soleado día en que tomaste la pastilla del cajón; como todas las mañanas, con el agua que dejaste en la noche en el velador. Luego fuiste a la mesa de vidrio que tienes como escritorio, abriste el cuaderno azul donde sueles escribir y tomaste el lápiz grafito que se encuentra en la taza que está, también, en el escritorio. Y luego muy concentrado escribiste:
“Un joven se levanta de la cama una mañana soleada, solamente llevaba puesto un calzoncillo blanco que cubría lo justo y necesario. Los zorzales cantaban y este mozuelo semidesnudo miraba detenidamente hacia el sol que se presentaba con sus poderosos rayos a través de la ventana. Del velador de madera, junto a su cama, toma un vaso de agua y se toma cierta medicina que guardaba en el cajón del mismo velador. Luego, estira sus extremidades cansadas, bosteza y se sienta en su escritorio. El joven sentado toma un cuaderno azul y lo abre. Encima del escritorio también había una taza de vidrio, como la mesa, de donde el semidesnudo escritor sacó un lápiz. Se concentró y comenzó a escribir.
Cerca de ese lugar, en un edificio de ladrillos, un viejo de larga y raída barba canosa, de cabellos largos y descuidados, también canosos, miraba a través de unos binoculares la habitación donde habitaba este muchacho. Después, escribía en un cuaderno azul todo lo que observaba desde la segunda ventana de derecha a izquierda, en el cuarto piso del edificio; el piso más alto de todos.
Coco, 2010
martes, 13 de abril de 2010
Ella y Él
Apagó el cigarro en el improvisado cenicero; una lata de cerveza vacía. Ella, a su vez, lanzó la colilla por la ventana del auto y luego girando la manilla fue subiendo la ventana hasta cerrarla completamente. Él miraba al techo y pensaba en el amor, en contarle a sus amigos y en como volver a su casa. Ella observándolo tan callado preguntó:
-¿Qué te pasa?-
-Nada- respondió este tímidamente- pienso no más…
-¿En qué?- y le hizo cariño cerca del ombligo donde se iniciaba ese camino peludo que llega hasta el sexo del hombre.
-Nada, puras hueás no má- y mirándola a los ojos agregó- ¿Vamos?
Él siempre se sintió atraído a Ella. Su cuerpo bien formado, “buen potito y buen par de ellas” como decía un amigo suyo. Su piel morena, su pelo negro ni tan largo ni tan corto, sus ojos negros, sus cejas ordenadas, sus finos labios rosáceos, las pestañas curvadamente largas. Esa faldita un poco más corta de lo permitido, las blusas traslucidas en verano, el buzo de gimnasia ajustado, los abrigos en invierno, todo en Ella para Él era perfecto. Nunca le contó a nadie de su obsesión por Ella, se lo guardó para si, como casi todo lo que pensaba.
La miraba desde la ventana de la clase, en el casino sirviéndose el plato a la hora de almuerzo, escondido entre los libros de la biblioteca. Si Él la veía se quedaba perplejo mirándola y si es que Ella le devolvía la mirada, Él bajaba rápidamente la vista nervioso y se le ponían las mejillas rojas como un tomate.
Idealista, soñador y enamoradizo… conoció unas cuantas mujeres antes en su vida pero sus manos y su cuerpo nunca habían probado todas las bondades que puede ofrecer el cuerpo femenino. Esto lo torturó siempre… hasta esa noche.
Cuando jugaba fútbol en el patio del colegio daba todo de si para cautivarla a Ella que muchas veces se sentó con sus amigas a observar los caóticos partidos del recreo después del almuerzo. Si metía un gol la buscaba entre el público sentado en los pastos y escaleras aledañas a la improvisada cancha. Cuando la lograba encontrar la miraba de reojo y su corazón estallaba de alegría. Escribía de Ella en sus cuadernos, soñaba despierto con Ella antes de dormir y al despertar. Pero nunca le habló… hasta esa noche.
Ella nunca se sintió muy atraída hacía Él. Sus piernas flacas y blancas, su cara de niño, su pelo largo y descuidado. El uniforme viejo y ligero; esos polerones, chalecos, camisas, pantalones grandes, los conocía de memoria pero no le agradaban. En general nada de Él le gustaba… hasta esa noche. Ella sabía que Él la miraba desde que entró al colegio, desde que su rubia cabellera desordenada y su cara de niño inocente puso un pie en el enorme recinto escolar. Sabía que mientras Él leía en la biblioteca con un tercer ojo la observaba a Ella pasar. Sabía que en el fondo siempre le dedicó los goles a Ella. “Me mira todo el rato”. Pensaba cada vez que lo veía apurado correr a la sala después de cada recreo. Ella sabía que tenía cierto poder sobre Él y jugaba con eso. Muchas veces le devolvía las ardientes miradas con una sonrisa y Él se sonrojaba y miraba al piso. “Jamás me hablará, que hueón más tímido” pensaba Ella mientras cuchareaba un flan de caramelo o mordía una manzana en alguna mesa del casino.
En fin, Él estaba vuelto loco por Ella y se torturaba contemplándola todos los días de colegio. Ella hacía como que ni existía este personaje mas siempre supo que Él ahí estaba, observando.
Esa noche comenzó para Él como todas las otras noches de fin de semana. Los amigos de siempre, los vasos largos de vidrio con hielos, las botellas de pisco; el mismo de siempre, las coca-colas, las cajetillas sobre la mesa. Los ceniceros llenos de colillas, los círculos pegotes que dejaban los vasos en la mesa. Los pitos, que salían siempre de a dos, daban la vuelta alrededor de la mesa.
Todos jóvenes llenos de alegría, mayores de edad (algunos) gozaban cada fin de semana con emoción, tal como lo hicieron esa noche.
La polola de alguno apuró el paso con un -¡Ya vamos que es tarde!- y todos los vasos se vaciaron de un golpe, los cigarros al cenicero, uno vaciaba los restos de pisco en la coca-cola que sobraba. Y así, todos los presentes se repartieron en los dos autos que afuera habían dejado estacionados los únicos dos que manejaban. Él subió al auto de uno de sus amigos de copiloto. Éste, borrachamente bajó la ventana, encendió un cigarro, luego las luces, pisó el embriague, puso primera, aceleró y no, no partió el auto. Los tres de atrás estallaron de la risa y le dieron golpecitos de ánimo al ebrio compañero que se dirigió responsablemente a Él diciendo –Maneja vo’ mejor-. Él, que siempre tuvo buena cabeza, aceptó el reto. Tenía dieciocho años y acababa de sacar la licencia de conducir. Sabía que arriesgaba más que una multa por manejar bajo los efectos del alcohol y una que otra cosita en la cabeza, pero en ese momento le pareció buena idea tomar el volante antes que su ebrio amigo. No tuvo ningún problema camino a la fiesta a la que se dirigían. Entraron todos a las casa de Nadie, el gran anfitrión de esa noche.
La fiesta estaba buenísima para todos, menos para Él. Llevaba horas sentado en una silla, en el patio de la casa, acabándose los pocos cigarros que le quedaban y robándole pisco a cierto ingenioso que dejó su botella escondida justo bajo esa silla que Él ocupó, sin hablar con nadie más que con los amigos que pasaban y le conversaban un rato o simplemente lo saludaban.
Ya pensaba irse y “mandar a todos a la mierda” como se dijo a si mismo, pero sucedió lo inesperado. Su amigo, dueño del auto, el que no pudo manejar a la ida, iba de la mano con Ella. Se instalaron en dos sillas cercanas a Él y se pusieron a conversar. El amigo al verlo a Él sentado cerca, dijo en voz alta con una voz pastosa de borracho:
– ¡Oye! Mirra te prresento a mi nueva amiga, salúala, es del colegio po’ hueón va un curso más abajo que nosotrros. ¿Rrica o no?
Ella haciéndose la desentendida señaló -¡Hola! Me llamo…-
-Hola… sí, creo que te conozco, alguna vez te vi en el colegio- dijo después Él- y agregó nervioso- Mi nombre es.... Luego pensó: “Siempre te veo”. Y así se saludaron con el característico beso en la mejilla.
El borrachito amigo de Él, el ex conductor, riendo, dijo después:
-Este hueón es más piola que la mierrda, vive en la luna- Y rieron todos, incluso Él. Ella pensó “Ya lo sé”.
Pasaron así un rato conversando, tomando, fumando, hablando de todo y de nada. Hasta Dios y el diablo fueron nombrados. Y así estuvieron hasta que el amigo ex conductor se puso de pie y tambaleándose se acercó a unas plantas que habían por ahí y vomitó hasta el alma. Luego miró a Ella y a Él y dijo:
–‘Toy bien, no se prreocupen.
Él agitado le dijo a Ella:
-Ya vamos, tengo que llevarlo pa’ su casa, ‘ta muerto este hueón… te llevo pa’ tu casa si queri.
-Ya po’, vamos ¿te ayudo a llevarlo?
Juntos, Ella y Él, llevaron al ex conductor, que apenas podía dar tres pasos seguidos, hacia su auto. Lo acostaron en la parte de atrás y al segundo éste dormía profundamente.
-¿Bueno y a donde vamos? Dijo Él para romper el hielo sin poder creer que Ella se encontraba a su lado.
-Dale no más yo te aviso…- respondió Ella
“Por el semáforo… Sube por ahí… La segunda a la izquierda… Por ahí, sigue no más yo te aviso… Aquí, frena.”
Un mirador a horas de la madrugada; la luna no estaba llena y uno de los cuatro focos que iluminaba el recinto tintineaba cada cierto rato.
-Que linda tu casa- dijo Él irónicamente -¿Queri una chela? Queda una, la vamos a tener que compartir.
Hablaron por horas Ella y Él, de cine, de literatura, de que ambos escribían, de sexo, del colegio, de esta mujer, de este hombre y cuando el tema iba en el profesor de ingles ella dijo:
-¡Ay es un mino!
-Tú más- exclamó Él y se sonrojó.
-¿Qué?- Preguntó Ella desafiante
-Ah es que yo… emmm encuentro, o sea, como todos… que tú…
Interrumpió Ella – ¡Ya! ¡Cállate y dame un beso!
Se cumplió el sueño de Él. Un beso llevo a otro, las lenguas de ambos se acostumbraron la una a la otra. Luego Ella inclinó el asiento hacia atrás chocando los pies del ebrio que todavía dormía en la parte de atrás del auto. Éste ni se inmutó. Él se deslizó hacia el asiento de Ella y la pasión se encendió como pólvora.
La mano que sudaba de Él acarició uno de los senos de Ella. Y Ella paró. Alejó su cara unos centímetros de la de Él y señaló: -Tranquilo…-
Volvieron a besarse. La polera de Él cayó encima de la cara de su amigo borracho que ya roncaba. La ropa de ella se acumulaba en el asiento del piloto junto con lo que quedaba de la de Él.
Él la besó desde la cabeza a los pies, Ella también a Él. No tuvo ningún pudor Él de su desnudez, Ella menos. Los sabores metálicos, los líquidos, todo fluyó armónicamente después de ese caluroso “Tranquilo”.
Terminó Él jadeando, Ella no tanto. Un minuto y algo más fue lo que duró la primera vez para Él. No le contó a Ella que había perdido la virginidad. No fue necesario, Ella lo sabía, o lo supuso. Ella lo besó en la frente cuando todo terminó y Él respondió con uno en ambos ojos. Él volvió al asiento del piloto, movió la acumulación de ropa a un lado y se puso el calzoncillo para ocultar lo que antes no le había dado pudor. Ella desnuda, recostada, relajada en el asiento lo miraba y sonreía. Ella sacó dos cigarros de la cajetilla blanda que se encontraba arrugada entre los zapatos de ambos en el piso de su asiento. Le pasó uno medio doblado a Él y este después caballerosamente encendió los dos con el encendedor del auto, que antes saltó con un click. Él lanzó una bocanada de humo hacia el techo. Ella hizo una argolla y buscó los nerviosos ojos de Él, que miraban como siempre hacia un infinito muy lejano.
Coco, 2010
-¿Qué te pasa?-
-Nada- respondió este tímidamente- pienso no más…
-¿En qué?- y le hizo cariño cerca del ombligo donde se iniciaba ese camino peludo que llega hasta el sexo del hombre.
-Nada, puras hueás no má- y mirándola a los ojos agregó- ¿Vamos?
Él siempre se sintió atraído a Ella. Su cuerpo bien formado, “buen potito y buen par de ellas” como decía un amigo suyo. Su piel morena, su pelo negro ni tan largo ni tan corto, sus ojos negros, sus cejas ordenadas, sus finos labios rosáceos, las pestañas curvadamente largas. Esa faldita un poco más corta de lo permitido, las blusas traslucidas en verano, el buzo de gimnasia ajustado, los abrigos en invierno, todo en Ella para Él era perfecto. Nunca le contó a nadie de su obsesión por Ella, se lo guardó para si, como casi todo lo que pensaba.
La miraba desde la ventana de la clase, en el casino sirviéndose el plato a la hora de almuerzo, escondido entre los libros de la biblioteca. Si Él la veía se quedaba perplejo mirándola y si es que Ella le devolvía la mirada, Él bajaba rápidamente la vista nervioso y se le ponían las mejillas rojas como un tomate.
Idealista, soñador y enamoradizo… conoció unas cuantas mujeres antes en su vida pero sus manos y su cuerpo nunca habían probado todas las bondades que puede ofrecer el cuerpo femenino. Esto lo torturó siempre… hasta esa noche.
Cuando jugaba fútbol en el patio del colegio daba todo de si para cautivarla a Ella que muchas veces se sentó con sus amigas a observar los caóticos partidos del recreo después del almuerzo. Si metía un gol la buscaba entre el público sentado en los pastos y escaleras aledañas a la improvisada cancha. Cuando la lograba encontrar la miraba de reojo y su corazón estallaba de alegría. Escribía de Ella en sus cuadernos, soñaba despierto con Ella antes de dormir y al despertar. Pero nunca le habló… hasta esa noche.
Ella nunca se sintió muy atraída hacía Él. Sus piernas flacas y blancas, su cara de niño, su pelo largo y descuidado. El uniforme viejo y ligero; esos polerones, chalecos, camisas, pantalones grandes, los conocía de memoria pero no le agradaban. En general nada de Él le gustaba… hasta esa noche. Ella sabía que Él la miraba desde que entró al colegio, desde que su rubia cabellera desordenada y su cara de niño inocente puso un pie en el enorme recinto escolar. Sabía que mientras Él leía en la biblioteca con un tercer ojo la observaba a Ella pasar. Sabía que en el fondo siempre le dedicó los goles a Ella. “Me mira todo el rato”. Pensaba cada vez que lo veía apurado correr a la sala después de cada recreo. Ella sabía que tenía cierto poder sobre Él y jugaba con eso. Muchas veces le devolvía las ardientes miradas con una sonrisa y Él se sonrojaba y miraba al piso. “Jamás me hablará, que hueón más tímido” pensaba Ella mientras cuchareaba un flan de caramelo o mordía una manzana en alguna mesa del casino.
En fin, Él estaba vuelto loco por Ella y se torturaba contemplándola todos los días de colegio. Ella hacía como que ni existía este personaje mas siempre supo que Él ahí estaba, observando.
Esa noche comenzó para Él como todas las otras noches de fin de semana. Los amigos de siempre, los vasos largos de vidrio con hielos, las botellas de pisco; el mismo de siempre, las coca-colas, las cajetillas sobre la mesa. Los ceniceros llenos de colillas, los círculos pegotes que dejaban los vasos en la mesa. Los pitos, que salían siempre de a dos, daban la vuelta alrededor de la mesa.
Todos jóvenes llenos de alegría, mayores de edad (algunos) gozaban cada fin de semana con emoción, tal como lo hicieron esa noche.
La polola de alguno apuró el paso con un -¡Ya vamos que es tarde!- y todos los vasos se vaciaron de un golpe, los cigarros al cenicero, uno vaciaba los restos de pisco en la coca-cola que sobraba. Y así, todos los presentes se repartieron en los dos autos que afuera habían dejado estacionados los únicos dos que manejaban. Él subió al auto de uno de sus amigos de copiloto. Éste, borrachamente bajó la ventana, encendió un cigarro, luego las luces, pisó el embriague, puso primera, aceleró y no, no partió el auto. Los tres de atrás estallaron de la risa y le dieron golpecitos de ánimo al ebrio compañero que se dirigió responsablemente a Él diciendo –Maneja vo’ mejor-. Él, que siempre tuvo buena cabeza, aceptó el reto. Tenía dieciocho años y acababa de sacar la licencia de conducir. Sabía que arriesgaba más que una multa por manejar bajo los efectos del alcohol y una que otra cosita en la cabeza, pero en ese momento le pareció buena idea tomar el volante antes que su ebrio amigo. No tuvo ningún problema camino a la fiesta a la que se dirigían. Entraron todos a las casa de Nadie, el gran anfitrión de esa noche.
La fiesta estaba buenísima para todos, menos para Él. Llevaba horas sentado en una silla, en el patio de la casa, acabándose los pocos cigarros que le quedaban y robándole pisco a cierto ingenioso que dejó su botella escondida justo bajo esa silla que Él ocupó, sin hablar con nadie más que con los amigos que pasaban y le conversaban un rato o simplemente lo saludaban.
Ya pensaba irse y “mandar a todos a la mierda” como se dijo a si mismo, pero sucedió lo inesperado. Su amigo, dueño del auto, el que no pudo manejar a la ida, iba de la mano con Ella. Se instalaron en dos sillas cercanas a Él y se pusieron a conversar. El amigo al verlo a Él sentado cerca, dijo en voz alta con una voz pastosa de borracho:
– ¡Oye! Mirra te prresento a mi nueva amiga, salúala, es del colegio po’ hueón va un curso más abajo que nosotrros. ¿Rrica o no?
Ella haciéndose la desentendida señaló -¡Hola! Me llamo…-
-Hola… sí, creo que te conozco, alguna vez te vi en el colegio- dijo después Él- y agregó nervioso- Mi nombre es.... Luego pensó: “Siempre te veo”. Y así se saludaron con el característico beso en la mejilla.
El borrachito amigo de Él, el ex conductor, riendo, dijo después:
-Este hueón es más piola que la mierrda, vive en la luna- Y rieron todos, incluso Él. Ella pensó “Ya lo sé”.
Pasaron así un rato conversando, tomando, fumando, hablando de todo y de nada. Hasta Dios y el diablo fueron nombrados. Y así estuvieron hasta que el amigo ex conductor se puso de pie y tambaleándose se acercó a unas plantas que habían por ahí y vomitó hasta el alma. Luego miró a Ella y a Él y dijo:
–‘Toy bien, no se prreocupen.
Él agitado le dijo a Ella:
-Ya vamos, tengo que llevarlo pa’ su casa, ‘ta muerto este hueón… te llevo pa’ tu casa si queri.
-Ya po’, vamos ¿te ayudo a llevarlo?
Juntos, Ella y Él, llevaron al ex conductor, que apenas podía dar tres pasos seguidos, hacia su auto. Lo acostaron en la parte de atrás y al segundo éste dormía profundamente.
-¿Bueno y a donde vamos? Dijo Él para romper el hielo sin poder creer que Ella se encontraba a su lado.
-Dale no más yo te aviso…- respondió Ella
“Por el semáforo… Sube por ahí… La segunda a la izquierda… Por ahí, sigue no más yo te aviso… Aquí, frena.”
Un mirador a horas de la madrugada; la luna no estaba llena y uno de los cuatro focos que iluminaba el recinto tintineaba cada cierto rato.
-Que linda tu casa- dijo Él irónicamente -¿Queri una chela? Queda una, la vamos a tener que compartir.
Hablaron por horas Ella y Él, de cine, de literatura, de que ambos escribían, de sexo, del colegio, de esta mujer, de este hombre y cuando el tema iba en el profesor de ingles ella dijo:
-¡Ay es un mino!
-Tú más- exclamó Él y se sonrojó.
-¿Qué?- Preguntó Ella desafiante
-Ah es que yo… emmm encuentro, o sea, como todos… que tú…
Interrumpió Ella – ¡Ya! ¡Cállate y dame un beso!
Se cumplió el sueño de Él. Un beso llevo a otro, las lenguas de ambos se acostumbraron la una a la otra. Luego Ella inclinó el asiento hacia atrás chocando los pies del ebrio que todavía dormía en la parte de atrás del auto. Éste ni se inmutó. Él se deslizó hacia el asiento de Ella y la pasión se encendió como pólvora.
La mano que sudaba de Él acarició uno de los senos de Ella. Y Ella paró. Alejó su cara unos centímetros de la de Él y señaló: -Tranquilo…-
Volvieron a besarse. La polera de Él cayó encima de la cara de su amigo borracho que ya roncaba. La ropa de ella se acumulaba en el asiento del piloto junto con lo que quedaba de la de Él.
Él la besó desde la cabeza a los pies, Ella también a Él. No tuvo ningún pudor Él de su desnudez, Ella menos. Los sabores metálicos, los líquidos, todo fluyó armónicamente después de ese caluroso “Tranquilo”.
Terminó Él jadeando, Ella no tanto. Un minuto y algo más fue lo que duró la primera vez para Él. No le contó a Ella que había perdido la virginidad. No fue necesario, Ella lo sabía, o lo supuso. Ella lo besó en la frente cuando todo terminó y Él respondió con uno en ambos ojos. Él volvió al asiento del piloto, movió la acumulación de ropa a un lado y se puso el calzoncillo para ocultar lo que antes no le había dado pudor. Ella desnuda, recostada, relajada en el asiento lo miraba y sonreía. Ella sacó dos cigarros de la cajetilla blanda que se encontraba arrugada entre los zapatos de ambos en el piso de su asiento. Le pasó uno medio doblado a Él y este después caballerosamente encendió los dos con el encendedor del auto, que antes saltó con un click. Él lanzó una bocanada de humo hacia el techo. Ella hizo una argolla y buscó los nerviosos ojos de Él, que miraban como siempre hacia un infinito muy lejano.
Coco, 2010
domingo, 11 de abril de 2010
Dos conjuntos de letras de James
Oración final en el edredón
No me alcances delirio
¡por favor!
Destino…
Providencia…
Azar…
Mmm... ¿Deidad?
¡no me dejen así!
…
¿solo?
No.
¡No y no y no…!
No me hagas esto.
(cálmate)
Bueno…
Pensándolo bien…
Quizá así soy…
(tranquilo)
Eh… eh…
¡YA!
¡¿Y qué?!
¡ASI SOY!
Júzgame…
Pero nada conseguirás,
Te ahuyentaré si me acepto,
Y te juro por mis…
¿muertos y vivos?
Mmm no… ¡Por mis sentimientos!
Que veré como te alejas y de menos no te echaré,
No… esta vez no.
Ya tengo la solución para vencerte,
Y usándote es,
Y prostituyéndote es,
Y también vengándome es,
¡Qué lastima!
Te arruiné
¿Y tú a mí?
Monomaníaco delirante y extraviado…
¡Vuelve por favor!
En cuclillas te lo pido
Es que sin ti ya no soy
(pero qué digo, pero qué soy)
(creo recordarlo)
¡Ah sí!
Me alcanzaste de nuevo delirio,
Ya ahora si…
Sí, ahora si puedo soñar
Amén.
-------
Señora limosna
Y la señora limosna me estira su mano,
Y yo tembloroso le paso unas chauchas,
Y ella no me agradece con su voz
¡Era muda la menesterosa!
Me voy en mi auto pensando,
El que esté libre de pecado
Que esconda la mano.
Agradecimientos a:
James, 2010
No me alcances delirio
¡por favor!
Destino…
Providencia…
Azar…
Mmm... ¿Deidad?
¡no me dejen así!
…
¿solo?
No.
¡No y no y no…!
No me hagas esto.
(cálmate)
Bueno…
Pensándolo bien…
Quizá así soy…
(tranquilo)
Eh… eh…
¡YA!
¡¿Y qué?!
¡ASI SOY!
Júzgame…
Pero nada conseguirás,
Te ahuyentaré si me acepto,
Y te juro por mis…
¿muertos y vivos?
Mmm no… ¡Por mis sentimientos!
Que veré como te alejas y de menos no te echaré,
No… esta vez no.
Ya tengo la solución para vencerte,
Y usándote es,
Y prostituyéndote es,
Y también vengándome es,
¡Qué lastima!
Te arruiné
¿Y tú a mí?
Monomaníaco delirante y extraviado…
¡Vuelve por favor!
En cuclillas te lo pido
Es que sin ti ya no soy
(pero qué digo, pero qué soy)
(creo recordarlo)
¡Ah sí!
Me alcanzaste de nuevo delirio,
Ya ahora si…
Sí, ahora si puedo soñar
Amén.
-------
Señora limosna
Y la señora limosna me estira su mano,
Y yo tembloroso le paso unas chauchas,
Y ella no me agradece con su voz
¡Era muda la menesterosa!
Me voy en mi auto pensando,
El que esté libre de pecado
Que esconda la mano.
Agradecimientos a:
James, 2010
miércoles, 24 de marzo de 2010
Una mañana cualquiera
Abro los ojos con dificultad. Viernes. Las lagañas de cemento, aun fresco, y el sol que me da en la cara entorpecen todo intento de querer ver un nuevo día. Sin embargo, la alarma del celular perdido debajo de la cama me obliga a levantarme. Empujo con fuerza las sabanas para que sea imposible rescatarlas. Me pongo de pie como si nunca lo hubiese hecho. Me rasco las cabelleras, de arriba y abajo y bostezo. Abro la puerta y camino dieciocho pasos hasta el baño. Me miro al espejo, pero yo no me hago viejo. Sabor a caramelo caliente y la lengua seca. Tomo agua fría haciendo más ruido con la garganta que el hueón del comercial de Zuko. Me saco el bóxer y lo tiro a lo Michael Jordan al canasto de ropa sucia pero fallo. Ducha de quince minutos… me envuelvo lentamente en la toalla como un Dalai Lama; pero un poco más pálido. Vuelvo a mi pieza, me siento en la cama y observo la puerta del closet blanca como la muralla llena de posters, como mis muslos y como la polera que concienzuda y responsablemente deje lista para usarse la noche anterior antes de salir. Desodorante, ala derecha, izquierda, pecho y vestirse. Cocina, pan, tostadora, mantequilla y no hay jamón… una cucharada de café y dos de azúcar en el vaso de vidrio largo. Leche y revuelvo. De nuevo al baño pensando que dos panes fue demasiado, de la leche ni hablar. Me dibujo en el espejo, que seguía empañado, un bigote a lo Dalí. Me lavo los dientes, escupo, agua, por si acaso una segunda vuelta y me limpio también en la lengua y los cachetes (En la tele dijeron que hacía bien. A veces le hago caso a la tele) Vuelvo a escupir, agua, agua y me seco con la toalla que estaba al lado. Reviso los bolsillos. Billetera atrás, celular a la derecha y con él cantan las llaves. A la izquierda los cigarros y el encendedor. Mochila, un par de cuadernos, el libro y Amén.
Bajo rápidamente las escaleras extrañándome del silencio que me acompaña. El perro me sigue hasta la puerta y me mira con cara de llévame contigo. Le explico cómo conseguir una tarjeta Bip y donde tomar la micro y salgo de la casa rápidamente. Afuera, enciendo un cigarro y al ver pocos autos pasar por la calle me relajo; “Es temprano”, pienso. Confirmo con el celular y no me da la razón. Corro tres cuadras. Descanso, camino y silbo Pet Sematary de Los Ramones mientras me acerco al paradero. Micro; “Hola, buenos días” y el conductor mueve la cabeza en señal de aprobación. “Bip bip” y me siento en la parte de atrás a pesar de que soy el único pasajero. La micro andaba a toda velocidad y yo reflexionaba filosóficamente cada momento de la noche anterior. El primer vaso con tres hielos. Que Hernán se manifestó con su gracia unos segundos después. Del tercero al quinto y suma y sigue. Después la vi a ella y de ahí todo en piloto automático. Con mucha convicción pienso: “Nunca más salgo en la semana”.
Llego al metro Escuela Militar y las nauseas me dan un primer aviso. “Tranquilo, respira”. Entro. De tres en tres bajo la escalera. Esquivo a una pareja y “bip”. Se me enreda el bolso en la barrera giratoria metálica y puteo al aire. Llega cuncuneando el azulado metro, dejo bajar antes de subir y me voy parado apoyado en la puerta de vidrio del lado opuesto de la entrada. Saco de mi mochila la gruesa novela que aplastaba los arrugados textos de la ciencia del lenguaje y me la acerco lo suficiente para que el sapo a mi derecha no pueda leer junto conmigo. Arribo a mi destino y salgo lentamente con el hacha, el machete y el cuchillo clavados hasta el cerebelo. La boca más seca que antes, a pesar del chicle que compré antes de meterme bajo tierra y masqué cual camello durante las dos mil estaciones de metro y de lectura un tanto infructuosa.
Me acerco al campus. A lo lejos veo al Batman alado saludarme. Me detengo. Cuento: uno, dos, cinco, seis, catorce, veintitrés idiotas como yo mirando el cartel gigante que decoraba la entrada de la universidad con un hermoso VIERNES 15 FERIADO. NO HAY CLASES.
Coco, 2010
Bajo rápidamente las escaleras extrañándome del silencio que me acompaña. El perro me sigue hasta la puerta y me mira con cara de llévame contigo. Le explico cómo conseguir una tarjeta Bip y donde tomar la micro y salgo de la casa rápidamente. Afuera, enciendo un cigarro y al ver pocos autos pasar por la calle me relajo; “Es temprano”, pienso. Confirmo con el celular y no me da la razón. Corro tres cuadras. Descanso, camino y silbo Pet Sematary de Los Ramones mientras me acerco al paradero. Micro; “Hola, buenos días” y el conductor mueve la cabeza en señal de aprobación. “Bip bip” y me siento en la parte de atrás a pesar de que soy el único pasajero. La micro andaba a toda velocidad y yo reflexionaba filosóficamente cada momento de la noche anterior. El primer vaso con tres hielos. Que Hernán se manifestó con su gracia unos segundos después. Del tercero al quinto y suma y sigue. Después la vi a ella y de ahí todo en piloto automático. Con mucha convicción pienso: “Nunca más salgo en la semana”.
Llego al metro Escuela Militar y las nauseas me dan un primer aviso. “Tranquilo, respira”. Entro. De tres en tres bajo la escalera. Esquivo a una pareja y “bip”. Se me enreda el bolso en la barrera giratoria metálica y puteo al aire. Llega cuncuneando el azulado metro, dejo bajar antes de subir y me voy parado apoyado en la puerta de vidrio del lado opuesto de la entrada. Saco de mi mochila la gruesa novela que aplastaba los arrugados textos de la ciencia del lenguaje y me la acerco lo suficiente para que el sapo a mi derecha no pueda leer junto conmigo. Arribo a mi destino y salgo lentamente con el hacha, el machete y el cuchillo clavados hasta el cerebelo. La boca más seca que antes, a pesar del chicle que compré antes de meterme bajo tierra y masqué cual camello durante las dos mil estaciones de metro y de lectura un tanto infructuosa.
Me acerco al campus. A lo lejos veo al Batman alado saludarme. Me detengo. Cuento: uno, dos, cinco, seis, catorce, veintitrés idiotas como yo mirando el cartel gigante que decoraba la entrada de la universidad con un hermoso VIERNES 15 FERIADO. NO HAY CLASES.
Coco, 2010
martes, 23 de marzo de 2010
Dos cuentos, un autor
De Hoy
Abriéndome caminos entre la gente, oigo gritos, sirenas, y alguno que otro ruido dando su manifiesto. ¡Corra!, luz verde; adelante. Roja; pare. Todo en pocos segundos. El tiempo se nota un tanto agónico, pocos se detienen. Me rebelo. Con osada actitud me sumerjo por algún raudal de esta fría ciudad; nada nuevo encuentro por ahí, ¡y es que no veo fondo!, sin más, miro y observo con detención, ni frio ni calor mi cuerpo siente, junto al silencio, mi corazón se nota palpitante, late por alguna no muy conocida canción, y es que no quiero llegar a prender la televisión.
Crónicas de un viaje diario
Ciento dieciocho pasos, distancian la puerta de mi casa de alguno de los paraderos de esta gran ciudad, mientras la música ya me convierte en una burbuja andante. Un par de minutos de espera e, indolente, me abre sus puertas. Entro en ella; fría, silenciosa y ruidosa a la vez. Nadie, al parecer, se percato de mi entrada. Cuarenta y dos minutos de viaje; ni una palabra. La ventana me comunica que es aquí donde me bajo; entonces, y sin dar cuenta de ello, miro el gentío a mi alrededor y pienso; “que tengan un buen día”.
Agradecimientos a:
Benja.
Abriéndome caminos entre la gente, oigo gritos, sirenas, y alguno que otro ruido dando su manifiesto. ¡Corra!, luz verde; adelante. Roja; pare. Todo en pocos segundos. El tiempo se nota un tanto agónico, pocos se detienen. Me rebelo. Con osada actitud me sumerjo por algún raudal de esta fría ciudad; nada nuevo encuentro por ahí, ¡y es que no veo fondo!, sin más, miro y observo con detención, ni frio ni calor mi cuerpo siente, junto al silencio, mi corazón se nota palpitante, late por alguna no muy conocida canción, y es que no quiero llegar a prender la televisión.
Crónicas de un viaje diario
Ciento dieciocho pasos, distancian la puerta de mi casa de alguno de los paraderos de esta gran ciudad, mientras la música ya me convierte en una burbuja andante. Un par de minutos de espera e, indolente, me abre sus puertas. Entro en ella; fría, silenciosa y ruidosa a la vez. Nadie, al parecer, se percato de mi entrada. Cuarenta y dos minutos de viaje; ni una palabra. La ventana me comunica que es aquí donde me bajo; entonces, y sin dar cuenta de ello, miro el gentío a mi alrededor y pienso; “que tengan un buen día”.
Agradecimientos a:
Benja.
lunes, 22 de marzo de 2010
El arte para mi, Pinocho

Tra-lara-lalí,
el arte es para mi.
Cantar, bailar y poder gozar
tener dinero para gastar.
Tra-lara-laloy,
artista es lo que soy.
Ya nunca más a la escuela voy,
artista es lo que soy.
Tra-liri-lilí
El arte es para mi.
Tra-lara-lalí
El arte es para mi.
Con frac, pechera, mi buen bastón
seré de todos la admiración.
Tra-lara-lalá
artista de verdad.
Mil golosinas he de comprar
y un ...
y nunca más he de trabajar,
vivir para gozar.
Tra-lara-lalí
Artista yo nací.
Con frac, pechera, mi buen bastón
seré de todos la admiración.
Tral...
Tra-lara-lalí,
el arte es para mi.
Cantar, bailar y poder gozar
tener dinero para gastar.
Tra-lara-laloy
Pinocho, canción de la pelicula de Disney.
http://www.youtube.com/watch?v=xvYWu1ZQ1N0 (desde el minuto 2:35 en adelante)
Me harté del arte
Arte: Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginada con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros.
Diccionario de la Real Academia Española
Me harté del arte
de las pastillas calmarte
que esta actitud pueda molestarte.
No podrás salvarte
el tiempo voy a quitarte.
Deberás preguntarte
si escribo esto pa’ puro molestarte
A través de un papel intento expresarte
Hablarte contarte relatarte
porque me cuesta tanto explicarte
que prefiero mirar al piso para no avergonzarte
Mejor,
tómate un liquido para refrescarte
porque a punta de arte voy a cansarte
Intentaré traumarte
con el cigarro que fumas ahogarte
las pestañas quemarte
Acércate para poder besarte
la boca y penetrarte
cortarte en partes
olvidarte el martes
Matarte,
con una rima de la que no podrás olvidarte
¿Te parecerá perezoso perecer a causa de este arte?
Sí, más fácil es lamentarte
de la cama levantarte
prender la ducha y bañarte
asquearte hasta vomitarte
leerte el libro pa’ culturizarte
En fin,
escribo esta mierda para preguntarte:
¿Es esto arte?
Porque yo, ya me harté del arte.
Coco, 2010
Diccionario de la Real Academia Española
Me harté del arte
de las pastillas calmarte
que esta actitud pueda molestarte.
No podrás salvarte
el tiempo voy a quitarte.
Deberás preguntarte
si escribo esto pa’ puro molestarte
A través de un papel intento expresarte
Hablarte contarte relatarte
porque me cuesta tanto explicarte
que prefiero mirar al piso para no avergonzarte
Mejor,
tómate un liquido para refrescarte
porque a punta de arte voy a cansarte
Intentaré traumarte
con el cigarro que fumas ahogarte
las pestañas quemarte
Acércate para poder besarte
la boca y penetrarte
cortarte en partes
olvidarte el martes
Matarte,
con una rima de la que no podrás olvidarte
¿Te parecerá perezoso perecer a causa de este arte?
Sí, más fácil es lamentarte
de la cama levantarte
prender la ducha y bañarte
asquearte hasta vomitarte
leerte el libro pa’ culturizarte
En fin,
escribo esta mierda para preguntarte:
¿Es esto arte?
Porque yo, ya me harté del arte.
Coco, 2010
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